Cuando ella apareció una noche en el pequeño departamento que Santiago rentaba cerca de Mixcoac, él ya entendió por qué venía.
Mateo dormía en el cuarto. Mariana entró con un abrigo carísimo y miró alrededor con falsa tristeza.
—No tienes que vivir así.
—No vine a hablar de eso —dijo Santiago.
—Firma un acuerdo. Tomas una cantidad razonable, dejas la custodia principal conmigo y yo hago que Leonardo limpie el camino con los inversionistas. Todos ganamos.
Santiago la miró.
—¿Todos?
Mariana bajó la voz.
—Eres mejor papá que empresario. Eso no es insulto. Es la verdad. No te metas a una sala donde no sabes sobrevivir.
Santiago abrió la puerta.
—Vete, Mariana.
Ella se quedó quieta, recalculando.
—Te vas a arrepentir.
—Tal vez. Pero no de esto.
Una semana antes de la audiencia, apareció una nota en un portal de tecnología: la plataforma de Santiago tenía posibles conflictos de propiedad intelectual vinculados a su divorcio. En horas, el fondo pausó la negociación. Ese mismo día, Mariana pidió congelar cualquier activo relacionado con el software.
Teresa llamó al mediodía.
—Si la jueza congela el proyecto, perdemos la única prueba grande de estabilidad económica.
Santiago cerró los ojos.
—Entonces ya ganaron.
—No. Hay algo más. Rastreamos la filtración. La información exacta solo estaba en 2 lugares: Mariana y Leonardo.
Santiago miró la ventana del departamento, donde el reflejo de la ciudad parecía partirse en pedazos.
—Encuentre la mano que soltó la nota.
Teresa respondió sin emoción:
—Ya la encontramos.
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