Encerrado. Escondido en un trastero que rara vez utilizaba. Nadie nunca preguntó qué había dentro, ni yo, ni mi madre. Incluso ella, su esposa, había aprendido hace mucho tiempo a no cuestionar ciertos límites.
Pero ese día, algo era diferente.
La curiosidad superó el miedo silencioso con el que había aprendido a vivir.
El día anterior, ella había registrado su oficina.