La mujer se llamaba Valeria.
Me invitó a pasar.
Sentadas en la cocina me contó toda la verdad.
Su tío Roberto había criado a un niño llamado Daniel.
Aseguraba que su padre lo había abandonado.
Decía que su madre nunca había querido saber nada de él.
Durante años cambió constantemente de domicilio.
Incluso retrasó su ingreso escolar y falsificó documentos para ocultar su verdadera identidad.
Nadie relacionó jamás a Daniel con el niño desaparecido de la Ruta 9.
Valeria había descubierto la fotografía semanas antes, tras la muerte de Roberto.
Luego encontró recortes de periódicos sobre un niño desaparecido.
Mi hijo.
El encuentro más esperado
Valeria me indicó dónde trabajaba Daniel.
Un aserradero ubicado a media hora de distancia.
Cuando llegué, lo vi acomodando tablones de madera.
Era un hombre adulto.
Fuerte.
Trabajador.
Completamente desconocido para mí.
Y, al mismo tiempo, inconfundiblemente mi hijo.
Me acerqué.
—Sebastián.
Frunció el ceño.
—Se equivoca. Mi nombre es Daniel.
Intenté explicarle.
Le conté lo ocurrido.
Pero no recordaba nada.
Entonces recordé un detalle.
La gaseosa.
Corrí hasta una estación de servicio cercana.
Compré exactamente la misma bebida que él me había pedido veinte años atrás.
Cuando regresé, la coloqué en sus manos.
El recuerdo que despertó
Daniel observó la botella durante varios segundos.
Su rostro cambió.
—Había una máquina expendedora…
No respondí.
—Recuerdo que mis manos estaban mojadas…
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Llevaba una camiseta roja.
Asentí.
—Vi algo entre los árboles…
Respiró con dificultad.
—Me alejé demasiado.
Entonces me miró.
Por primera vez realmente me miró.
—No podía encontrar la puerta para regresar.
La botella cayó de sus manos.
—¿Mamá?