Luego lo colocó justo entre ellos sobre la mesa.
—El total son trescientos ochenta dólares —dijo con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo—. Vamos a dividirlo a partes iguales.
Parpadeó, segura de haber entendido mal.
“¿Qué dijiste?”
—Dividámoslo —repitió con calma—. Me parece lo más justo.
Ella lo miró fijamente, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. Él había planeado toda aquella velada tan elaborada. Había elegido aquel restaurante tan caro. Había insistido en la selección de vinos costosos.
Él era quien repetía una y otra vez: “Esta noche va a ser especial”.
¿Y ahora esperaba que ella aportara ciento noventa dólares?
No le preocupaba el dinero en sí. Podía pagar fácilmente su mitad de la cuenta. Ese no era el problema en absoluto.
—Esto me resulta extraño —dijo con cuidado, eligiendo sus palabras—. Planeaste toda esta velada para el Día de San Valentín. ¿Por qué tendría que pagar la mitad de la cita especial a la que me invitaste?
Su mandíbula se tensó notablemente.
“Esto se trata de una verdadera colaboración”, dijo con firmeza. “Somos iguales en esta relación, ¿no es así?”
—Por supuesto que sí —respondió ella—. Pero una verdadera sociedad no consiste en dividir el costo de una cena sorpresa que planeaste específicamente para mí.
El ambiente en su mesa cambió drásticamente. La música de fondo de repente les pareció molesta y demasiado alta.
Durante varios segundos, simplemente se miraron fijamente sin decir palabra.
La salida repentina que lo cambió todo.
Luego hizo un pequeño gesto hacia la camarera. Ella se acercó a su mesa en silencio.
Le entregó su tarjeta de pago sin decirle nada a su novia.
Pagó la cuenta completa sin que intercambiaran ni una palabra más.